Las dos orejas; y entre ellas, aire...
El héroe se preparaba ante el tambaleante monstruo para asestarle el golpe de gracia y dedicárselo a los aldeanos. De pronto la fiera, en un último esfuerzo, levantó la cabeza y, recordando a Borges, profetizó:
-En nombre de Asterión, atravesaré tu cobarde cuerpo como debió hacer él con Teseo.
Tras la promesa cumplida, el torero, moribundo, era llevado a la enfermería. Entretanto, los espectadores lloraban su fatal suerte mientras maldecían al toro.
Sólo yo sonreía a la vez que, con una amarga lágrima, me despedía profundamente del noble animal.



