El Té
Sentado ante la chimenea y con una humeante taza entre las manos para calentar mí fatigado cuerpo, inquirí ofuscado:
- - ¿Cuánto tiempo durará esta noche?
- - No más de lo que debiera,- respondió mi interlocutor - pero si más de lo que perteneciere.
Cansado, con los ojos casi cerrados por el embrujo de Morfeo, pregunté de nuevo: - ¿Y qué he de hacer mientras dura?
- - Soñar que vives, qué sino - respondió con tono desvaído.
En ese momento, un frío glaciar me heló la sangre y una siniestra risotada me vació el alma, y en un atisbo de cordura comprendí que la noche sería eterna y que mi espíritu vagaría, eternamente, por los oscuros e insondables abismos del Limbo, pues había saboreado mi último té en compaña de la Muerte.



