Mara
MARA
La pequeña damita hurgó con su dedo índice en el minúsculo orificio de su redondeada barriga. Con un poco de asco extrajo de su interior una bolita de pelusa grisácea que observó con detenimiento.
Tras varios segundos de desconcierto, corrió junto a su padre con aquella pelotita en alto, quizás con miedo a pensar que aquel ente extraño que había sacado de su ombligo hubiera crecido en ella como una planta en una maceta.
- Papa - dijo mostrándole la pelusa - mira lo que tenía en el ombligo.
Raúl sonrió. Era increíble como había crecido Mara en los últimos meses, parecía que por las noches unos duendes traviesos la estiraran en su cama.
Apartó la imagen de Ángela de la cabeza, aunque sabía que era imposible no pensar en ella a cada instante, la niña se le parecía tanto. El dolor acuciante de la pérdida volvió con aires renovados y le arrancó varias lágrimas que rodaron por las mejillas camino de la espesa barba. Debía tener más cuidado al lavarla.
- Papá ¿por qué lloras?
- Por la pobre pelusa - dijo Raúl con un susurro - los ombligos de las niñas pequeñas son los sitios más cómodos y confortables para crecer y ellas lo saben. Esta mañana la he visto al bañarte, me sonreía y, con una de sus pequeñas manitas me saludaba. "Déjame aquí, por favor" Tú no la has escuchado porque en ese momento tenías la cabeza debajo del agua y te tapaba los oídos. A mi me ha dado lastima, era tan pequeña... y he pensado que sería bonito tener una pelusa como amiga. Pero ya veo que tú no eres de la misma impresión.
Mara lo miró extrañada e hizo el típico gesto de locura con su índice regordete y él comprendió, por mucho que le doliera, que su pequeña había comenzado a hacerse mayor.



