La misma Cantinela
La joven corrió calle abajo esperando ver como el semáforo se ponía en rojo, si no lo hacía le sería muy difícil conseguir un nuevo cliente.
No quiso arriesgarse a asustar a aquel tipo, la clientela era escasa en esa época del año. Así que, poco antes de llegar al coche, redujo el paso, se abombó el pelo, levantó su minifalda hasta prácticamente dejar el culo al aire, y se desabrochó dos botones de la blusa, por otro lado casi transparente.
Ella Fitzgerald sonaba en el volkswagen. El hombre al volante, de pelo canoso, tez cetrina y gordo como un cerdo recién cebado, la miró con lascivia y dejó ver la punta de la lengua entre los labios.
- - Hace una noche muy mala para que una linda joven como tú ande sola por estas calles tan oscuras - dijo el tipo.
Aquel engendrillo era verdaderamente asqueroso, su forma de mirarle le daba arcadas. Temió que se diera cuanta del asco que le producía y un antiguo miedo se apoderó de ella. Intentó controlarlo respirando profundamente. Debía serenarse, después de todo, un cliente era un cliente.
- - La verdad es que tengo un poco de miedo - se quejó la joven entre risas inseguras - si no fuera por necesidad.
- - Mi pobre chica bonita - y una sonrisa macabra surcó la cara de aquel animal. La lujuria lo devoraba, le manaba de todos y cada uno de los poros del enorme y amorfo cuerpo - Si no fuera por necesidad nadie haría lo que hace, mi pequeña... - nunca antes le habían dado tanto asco aquellas palabras, "mi pequeña" en boca de aquel monstruo sonaba a perversión, a depravación, a pederastia - ...pero las necesidades existen. Tú necesitas algo y yo también lo necesito. No hay nada malo en necesitar cosas y en desearlas...
La mujer miró hacia la parte trasera del vehículo y, con miedo a decirlo, la señaló con la cabeza "¿me dejas montar?". No hacían falta palabras.
Los ojos del hombre saltaron de sus órbitas cuando uno de los pechos de la joven casi queda al descubierto. En su mente se sucedieron imágenes de la joven en una cama, desnuda
"Claro, claro. Monta, iremos donde tu quieras".
La miró mientras se introducía en el vehículo, las piernas tersas y suaves (y sin medias) eran de una firmeza suprema. Los pechos perfectos (medida estándar; la inmensa mayoría no puede equivocarse) y la cara preciosa, ojos verdes, labios carnosos, melena negra anillada.
- ¿Dónde vamos? - preguntó por fin el gordo. El pescuezo le desbordaba el cuello de la camisa dejando a la vista una cicatriz poco más abajo de su oreja derecha.
En su cabeza luchaba por evitar lo que estaba a punto de hacer. Aún podía salir corriendo y huir de todo aquello. Aquel tipo no la alcanzaría en la vida - No muy lejos, si quieres - dijo al fin.
- Quiero.
Lo hizo conducir por oscuros callejones bañados, a ratos, por vagabundos y prostitutas. Por último, entraron en un callejón sin salida, oscuro, macabro. Un leve escalofrío recorrió la espalda del hombre al penetrar en aquella negrura.
- Para - el coche se detuvo con un sonido amortiguado.
Salió del vehículo sacando unas llaves de alguna parte y abrió una puerta oculta tras un cubo de basura, alumbrada sólo por los faros del coche,
"¿entras?", "entro".
Un extraño olor a antiguo llenó su nariz y le hizo pensar en algo de hacía mucho tiempo.
- - Ponte cómodo - escuchó desde algún lugar a su derecha. -¿Quieres una copa?
- - Sí, lo que sea.
Llegó desnuda, con dos copas de champagne. Le ofreció una que cogió sin quitarle los ojos de los pezones, por eso quizás no pudo ver la expresión de asco que a ella se le dibujaba en la cara y que desaparecía, al instante, como por arte de magia. Se bebió la copa de un sorbo y...
... cayó.
Creyó soñar con algo, habitaciones blancas de hospitales inverosímiles, de paredes corredizas y ventanas tapiadas, de luces intermitentes y gritos en no se sabe donde, de un miedo atroz que lo bañaba todo y de una muerte danzante que se escabulle y ríe, ríe con una risa insulsa y maliciosa, y malsana y...
... Por fin despierta.
Abre los ojos y ve a la joven que lo observa desde lo alto. No entiende lo que ha pasado, sólo que está tumbado. Intenta incorporarse pero algo lo tiene aferrado y comprende que está atado en una camilla.
- - En tu situación no deberías realizar esfuerzos. Podrías hacerte daños irreversibles.
- - ¿Qué me ha pasado?, ¿Qué me has hecho, puta? Me diste la copa y me drogaste. Suéltame - los gritos suenan por toda la estancia. Es el único sonido.
- - Te he mejorado- la joven habla de forma apaciguada, casi melosa. Al fin y al cabo lo esta salvando. - Estabas mal, eras un muerto, estabas atrapado. Pero te he liberado... ya comprenderás".
- - ¿Qué me has hecho puta loca?- intentó gritar, pero las palabras apenas se oyeron. La fuerza se le escapaba por los millones de poros que surcaban su descomunal cuerpo. Se consumía por momentos.
- - Ya te lo he dicho, te he mejorado. Sí hicieras un esfuerzo por comprender dejarías de luchar y me darías las gracias. Debes intentar comprender la totalidad de tu situación.
El hombre levanta un poco los ojos, intenta verse los pies, pero algo no va bien. Unas cuerdas se extienden desde su cuerpo hasta el techo, desde su cuerpo a las paredes. Desde su cuerpo a... comienza a llorar.
- - ¿Y estas cuerdas? - consigue preguntar. Los sollozos se hacen más continuos, por fin rompen en un llanto purificador.
- - No son cuerdas - dice la joven al fin - eres tu.
- - ¿Yo?- un alarido, entrecortado por el lloro, surge de su boca y... comprende.
La locura se apodera de él, grita, maldice, llora, llora sangre, suda sangre, como el poema, TODO ES SANGRE y... zas, un corto y cierro, una parada, un colapso, un algo y ella...
...vuelta a la misma cantinela.

