Salvaguardia
Raquel comenzó a ascender lentamente las tortuosas escaleras del edificio. Era uno de esos bloques hoscos y antiguos que habían nacido sin personalidad y apelotonados como racimo de uvas a principios de siglo. Ahora, las nuevas políticas sociales de reclusión habían convertido esos barrios en las ratoneras apestosas en las que se ocultaban y trapicheaban maleantes, extorsionadores, asesinos y demás chusma malintencionada. Quizás también habría algunas familias que no tenían más remedio que seguir allí como castigo a un oculto paroxismo del destino, pero serían las menos el que quería siempre podía salir de un agujero.
Llegó hasta el tablero de madera ennegrecida que hacía las veces de puerta y lo golpeó con el puño enguantado. Su estética, pulcra e inmaculada, desentonaba con el ambiente de degradación que se respiraba en aquel sucio antro.
- ¿Si? - escuchó al otro. ¿Cómo decirle a aquella mujer centenaria que la última de sus nietas había muerto en una reyerta sin sentido al otro lado del canal?, allí donde las vidas sí tenían sentido y el orden lógico de las cosas imponía llorar a los muertos.
- Señora Rodríguez, soy Raquel Rival salvaguardia de Noelia.
- Mi nieta no está, señora Rival - musitó una voz que a fuerza de dolor se había vuelto hiriente - hace dos días que no viene a dormir.
- Le importaría dejarme entrar, necesito hablar con usted.
Maldita sea, ¿por qué tendrían que haberle impuesto aquel trabajo? Era sucio, desagradable, y con pocos beneficios. Y encima esto. Una maldita yonqui quinceañera muere por una bala perdida en la única reyerta en años al otro lado del canal y debe ser ella la que le entregue a su abuela las pocas pertenencias que llevaba en los bolsillos. Mierda de trabajo.
- Señora Rodríguez, por favor.
Como única respuesta Raquel escuchó el sonido de un soporte que se liberaba. Lo conocía bien. Ya había estado en aquella casa un par de veces y le había llamado la atención aquello, en lugar de cerrojos, al carecer el tablero de conexión alguna con la jamba de la puerta, este se encontraba atrancado por dentro al estilo de los antiguas fortalezas medievales (maravilloso resultado de una política social, instaurada por el último gobierno, de arrancar las puertas de las casas vacías para que los ocupas no pudieran pegarle la patada... facilitar las cosas evitaba problemas).
Raquel empujó el tablero lo necesario para que su estilizada figura cupiera por la abertura y, una vez dentro, volvió a cerrar rápidamente. Era peligroso mantener las entradas sin protección.
Un tiroteo lejano se escuchó en el momento en el que las dos mujeres cruzaban sus miradas, la de Raquel suplicando un perdón que aún no había pedido y la de la anciana distante, conocedora quizás de que aquella visita no era como las anteriores.
La señora Rodríguez se sentó en una raída butaca aterciopelada ante una mesa en la que descansaban dos patatas y un cuchillo. Con un sucio pañuelo se limpiaba el ojo izquierdo que, desde que ella la conociera, nunca había dejado de llorar. En esta ocasión le haría falta de verdad.
- Señora Rodríguez - dijo Raquel. La voz le temblaba. Era incapaz de serenarse. ¿Cómo había podido pasar aquello? - Señora Rodríguez - volvió a decir, no lo entendía ni ella, cómo podía siquiera intentar explicarlo - su nieta ha muerto.
La mujer no se inmutó, por el contrario el ojo izquierdo dejó de lagrimear y se posó en ella, frío, despiadado.
- ¿Ha entendido lo que le he dicho señora?
- Sí, lo he entendido - respondió la mujer - ¿cómo ha sido?
- Hubo una pelea en el canal - mintió - tiros. Una bala perdida alcanzó a Noelia mientras la acompañaba hacia aquí.
- ¿En el canal?
- Sí, ya habíamos cruzado. Yo traía a Noelia de vuelta cuando...
La anciana no le dejó terminar la frase.
- No me mienta - dijo respirando profundamente - aunque no lo crea, a este lado del mundo también corren las noticias, quizás incluso más rápido que en el suyo, pues no hay quién nos las oculte o nos las imponga.
Raquel se llevó las manos a la cara y apretó sus ojos con las palmas. - Está bien - dijo al fin - el tiroteo ha sido en el otro lado. Su nieta cruzó sin permiso y yo la traía de vuelta.
- ¿Y ya está? ¿Eso es todo lo que tiene que decirme?
Raquel se acercó a la mesa y colocó sobre ella los objetos personales de Noelia, un MP6 y una navaja con empuñadura de nacar.
- Esto es todo lo llevaba su nieta encima, supongo que lo habría robado para colocarse. Al fin y al cabo eso es lo que hacen los yonquis.
La anciana no contestó. Con un esfuerzo sobrehumano se levantó, tomó las patatas, el cuchillo y los objetos de Noelia y fue hacia la cocina. Raquel la siguió con la mirada. Aquella mujer había sobrevivido a cinco hijos y quince nietos para finalmente morir sola... y en parte era culpa suya. La vida era asquerosa.
La mujer volvió con las manos metidas en el delantal de cuadros y se dirigió a la ventana.
- Mire - dijo señalando hacia la calle con la cabeza
Raquel se acercó y ambas contemplaron un pequeño parque infantil que se oxidaba sin niños.
- Ahí la vi por última vez - dijo.
- Lo siento Señora Rodríguez
- ¿Sabe qué?
- ¿Qué? - preguntó Raquel.
La anciana sacó la navaja de su nieta del sucio delantal y la clavó en el costado de Raquel. La joven quedó petrificada por el dolor y el miedo y, lentamente, volvió su cabeza hasta cruzar su mirada con la de la mujer. Las dos lloraban.
- Que sería incomprensible que, siendo usted su salvaguardia, ella muriera y usted continuara con vida.




Comentarios sobre Salvaguardia
Miguel!!! excelente... la verdad es quew hacia ya tiempo que no disfrutaba de tus escritos, amigo
Deseo que la vida baile armoniosamente en tus días a pesar de tu SALVAGUARDA!!!
Un abrazo caluroso a pesar de los primeros fríos rosarinos
Maryro