Soy un gusano
¿Cómo?
¿Cómo he podido llegar a esta situación?
¿Por qué mi cuerpo, antes humano, es ahora pequeño, blando, obsceno?
Puede que sólo sea un sueño, sólo eso, pero no lo creo. Es todo tan real pero a la vez tan extraño que casi no consigo comprenderlo. Mi mente se difumina por momentos y supongo que no me queda demasiado de vida.
La locura me ronda desde hace días, supongo, pero ahora he tenido conciencia de mí y de mi estado. Una conciencia que se escapa como arena entre los desaparecidos dedos de mis desvanecidas manos.
La belleza de los extraños parajes por los que vagabundeo se ha transformado en la antesala del terror, de un terror cruel y martilleante que no me deja respirar, que oprime mi alma contra el estómago.
Estoy condenado a sufrir un castigo diez mil veces mayor que mis pecados, ¿cuáles eran?, ¿qué he podido hacer para castigarme con esta degradación?, ¿cómo he llegado a este esperpento de lo que era, a esta burla de lo que soy?
Mis recuerdos me abandonan por momentos, y eso es algo que machaca la conciencia de cualquiera. Quisiera pensar que todo es una absurda pesadilla, pero sé que no lo es. Creo que es de lo único de lo que estoy seguro.
No sé de donde salí, ni cuando lo hice, pero a no demasiada distancia de donde fuera, divisé una gigantesca montaña, blanca como la nieve, crepitante. En ella se movían infinidad de puntos negros. A medida que me acercaba mis ideas iban sufriendo una transformación, del más puro horror, al más maravilloso de los enigmas. La visión se hacía más clara, más rotunda. Gusanos. Miles, millones de gusanos enloquecidos, revolcándose, refregando sus pequeños y blandos cuerpos en una frenética orgía satánica. Sufrí, sin embargo, un ataque de nauseas. Intenté llevarme las manos a la boca para vomitar, pero entre ellas y el suelo no apareció ningún obstáculo. Mis brazos habían desaparecido y sin embargo los sentía. Dicen que cuando alguien pierde algún miembro la sensación de picor o de dolor no desaparece en mucho tiempo... o en toda la vida. Eso es cierto. Mi mente se niega a creer que mis brazos ya no son tales y que en esa parte de mi cuerpo, ahora sólo existen ¡anillos! Volví a intentarlo, pensando que aquello, como el resto de lo que me sucedía era sólo un sueño, una cruel y macabra pesadilla lovecraftniana. En cambio, tres de los anillos superiores se contonearon de forma sinuosa.
En un determinado momento me di cuenta de algo, para mí, bastante gracioso. Si mis brazos se habían transformado en anillos, mis piernas, lógicamente, también debían haberlo hecho. Era lógico y como tal cierto. Pero mi mente seguía aferrada a la idea de mover primero una pierna y después otra. El caso es que no me importaba demasiado, mientras me llevaran donde yo quería. En este punto llega la pregunta del millón, "¿Dónde quería ir?". También eso era algo que no importaba demasiado.
Por fin las arcadas se convirtieron en vómitos y esa mancha verde e informe manchó el suelo "enmoquetado" de color rojo. Desde luego quien viniera detrás no tendría problemas para sortearlo.
Así que de buenas a primeras, sin saber ni cómo, ni porqué, ni desde cuándo, había pasado de formar parte de la raza humana, a la de los anélidos segmentados. Era un gusano. No era exactamente mi idea de cambiar de vida pero...
Intenté recordar que me había sucedido el día anterior, no lo conseguí. Mi mente era el gran Estigia con algún que otro piélago de luz. La oscuridad se cernía no sólo sobre mi memoria, también sobre mi alma.
Mis recuerdos eran pocos. Una mujer (ni idea de quien era). Verde pacífico bañado por luz y sin embargo oscuridad y ruido, un tremendo estruendo que bañaba mi mente. Nada más, eso era todo... al principio. Ahora, poco a poco, y con un gran esfuerzo mental, sé algo más, la verdad es que lo sé todo, pero cada cosa a su tiempo que el correr sólo empaña la mente y nubla los sentidos.
Atendiendo a la fisiología e instinto de mi nueva naturaleza, me dispuse a entrar, aun sin tener ganas, en esa gigantesca montaña animada que formaban mis compañeros. Con bastante esfuerzo, para que negar lo obvio, me abrí paso por la falda de la montaña. Sus cuerpos se restregaban contra el mío y un extraño placer me embargó casi hasta la locura. Eran húmedos, suaves, no sabría definir algo concreto.
Comencé a sentirme flojo, me desvanecía por momentos. Mi pequeño cuerpo, al haber vomitado, se había quedado sin las energías necesarias para ir adivinando mi nuevo futuro. Tenía que alimentarme y echando a un lado la repulsión que sentía en ese momento, lo hice. Abrí mi boca, para dejar que mis pequeños dientes, afilados como cuchillos "como los de las pirañas" dijo alguna vocecita dentro de mi ser, quizás recuerdo de mi antigua existencia, pero ya no sabía que era esa cosa llamada piraña y lo dejé pasar.
Mientras pensaba en eso, mis dientes, creo que por sí solos, habían comenzado a mascar algo, y un sabor ocre y arenoso, inundó todo mi yo e hizo que mi paladar insistiera en seguir comiendo. Cuando me hube hartado descansé y reflexioné sobre ese nuevo sabor, que no era tal pues descubrí, tras mucho meditar, que era sangre mirada desde otro punto de vista. Comida al fin y al cabo.
Eché a andar, por llamarlo de algún modo, viendo cada vez más y más gusanos, ya no eran millones, eran billones los que surcaban este inhóspito y extraño paraje.
Apenas me hube arrastrado un par de minutos cuando volví a sentir hambre. Quería descubrir que lugar era aquel, pero para eso debía saciar mi apetito. Me introduje de nuevo en otro grupo, esta vez menos numeroso, restregando mi cuerpo con sus cuerpos. No exagero si digo que llegué al orgasmo.
La base seguía siendo de color rojo, pero esta vez más dura. De repente, como si de un rayo se tratara, un nuevo recuerdo rondó mi memoria, golpeando allí por donde pasaba. Intentando salir, intentando hacerme ver, volver a ser. ¿Había sido alguna vez? La mujer que en un principio no pude reconocer era mi esposa, pero ¿cómo se llamaba? Una pequeña puerta me llevaba de nuevo a grandes dudas, pero así, paso a paso, fui creando en mi mente, una especie de mapa, de plano. Las islas del Estigia ocupaban mayor extensión, aquí y allí aparecían nuevas luces, nuevos reflejos de una vida que ya no existía, de una historia que llegaba a su fin.
Me debatía contra mi memoria para recordar el nombre de la persona que tanto había amado, de eso no me cabía dudas. Por algún motivo incomprensible, como en la Metamorfosis de Kafka (qué era la Metamorfosis y quién demonios era Kafka), me había convertido en un gusano. Puede que mi esposa se encontrara en la misma situación que yo, o incluso peor (¿peor? ¿qué podía ser peor?) y que necesitara ayuda. Por un momento pensé en buscarla, pero en ese mismo instante deseché la idea por absurda. No podía ponerme a preguntar por ahí como si tal cosa "Podría decirme usted, si ha visto por ahí a una gusana muy guapa, que antes era humana", por quién me tomarían.
Seguí arrastrándome por charcos de sangre ya coagulada. Me dolía pensar que mi esposa (María, Clara, Sonia...) podría estar en mi misma situación.
Resbalé por una cuesta, aunque la verdad resultaba bastante pegajosa. Al mirar hacia arriba no me pareció otra cosa que no fuera una cuesta, pero al alejarme un poco pude divisar mejor sus formas y el terror volvió a inundar la poca base de cordura que, poco a poco, había conseguido adquirir. Aquello por lo que yo había estado andando o arrastrando o lo que coño hagan los gusanos, era un órgano humano, ni más ni menos. Tan aberrante como lo digo, quizás el corazón, quizás otro, no lo sé, pero era un órgano humano, de eso no cabía duda. Había comido... eso.
Y de repente, como si alguien se hubiera apoyado en el interruptor, todo se alumbró y mi memoria se bañó en sabiduría y porque no decirlo, también en horror. Ya, poco a poco, de nuevo se va oscureciendo mi mente, para darme paso a vivir esta nueva vida que me ha tocado en suerte. Y cuando en ella caiga la noche, no creo que quede ya en mí el más mínimo atisbo de ser humano. Todo habrá pasado a un segundo plano, nuevo y mutilado, extraño.
Mi mujer y yo (María, así se llamaba) caminábamos por el parque, era de noche, hacía frío y la luna brillaba como nunca. Teníamos ganas de llegar a casa y andábamos más rápido de lo normal. A nuestra espalda se escucharon varios ruidos, pisadas que nos seguían e intentaban darnos alcance. Sin pensar siquiera en correr nos dimos la vuelta. La figura de un viejo se alzaba allí, con el rostro pálido y grandes bolsas en los ojos, sus ojos, ensangrentados y crueles buscaban sangre. Nos miraba desafiante. Mi esposa profirió un grito al ver aquel espectro andante. Una sonrisa sarcástica se desdibujó en su cara y nos enseñó la pistola que llevaba en una de sus manos. Apuntaba a mi esposa, no sé cómo ni por qué, me lancé hacia él e intenté arrebatársela. Un estruendo taponó mis oídos y caí al suelo. Semiinconsciente, escuché el llanto de María y sentí el calor de sus manos en mi cara. Un momento después sonó otro disparo y su cuerpo cayó sobre el mío. Creo que ella murió en ese mismo instante, espero por su bien que así fuera. Por el contrario, algo dentro de mí seguía con vida, algún rincón de mí ser, en alguna parte de mi cerebro, cuando ese maldito bastardo, supongo, nos enterró. La corrupción de los cuerpos es rápida con la tierra húmeda y algún gusanito que pasaba por allí, por ese rincón de vida, me tragó.
Y heme aquí, comiéndome a mi mismo. Tragándome lo que una vez fui, yo, sin siquiera un buen château. Repugnante verdad. Si esto es el Paraíso, por favor condúzcanme al Infierno.
Lo que son las cosas.
Como dijo alguien "Gusanos somos y en gusanos nos convertiremos" ¿O no es así? Creo que si, que importa.



